[audio:http://www.malkevnia.com/wp-content/uploads/2013/04/Chrono Trigger – Wind Scene Orchestra.mp3|titles=Chrono Trigger – Wind Scene Orchestra]

 Unos pocos días al año, tan pocos que podrían contarse con los dedos de una sola mano, sucede algo verdaderamente maravilloso.

 Esos extraños y escasos días, en los que no me duele la espalda, la cabeza o cualquier otra cosa y duermo solo, tirado en el sofá en mitad del salón, con la luz de una farola entrando a través de las persianas y las cortinas, terminan siempre con un instante mágico y especial al que llamo “el momento perfecto”.

 Tras un día productivo, de haber escrito mucho, salido a correr, visto una película excelente, comprado algo, comido de puta madre o cualquier otra estupidez, empieza la, por desgracia conocida, lucha contra el sueño, una especie de acto involuntario que me obliga a permanecer despierto todo lo posible porque… bueno, porque si y ya está.

 Llegan las tres y media de la mañana, ya no queda nadie en Skype, las redes sociales empiezan a morir y a no ser que me encuentre muy creativo y escribiendo una entrada como ahora, noto como el cerebro se va apagando poco a poco, como si la llama se debilitara, y tengo que recurrir a tareas menos extenuantes, como mirar series de televisión cómicas o jugar a algo en el móvil.

 Una hora más tarde, tras haber cambiado varias veces de capitulo o notar como el móvil empieza a ser extrañamente pesado, los parpados empiezan a cerrarse, como si el pestañeo fuera cada vez más y más largo, e incluso el móvil se me resbala alguna que otra vez, cayéndose directamente contra mi pecho.

 La lucha continua un tiempo indeterminado, dependiendo de lo agotador que haya sido el día o el miedo que tenga en ese momento, pero tarde o temprano la cabeza se me empieza a ir más y más, como si estuviera  hasta el culo de anestesia, y los ojos pasan ya más tiempo cerrados que abiertos, me pican y me lloran. Apago la lamparita y la habitación queda iluminada por una única luz anaranjada a través de las cortinas.

 Intento no pensar en nada, apagar la maquina, pero una y otra vez mis pensamientos despiertan y llegan al mismo punto, a las cosas que no he hecho o hice en su día y las me quedan por hacer, a la muerte, al final de todo, a lo pequeña e insignificante que es mi vida y lo poco que la he aprovechado. Pienso en que cuando muera, no dejaré nada tras de mi, que no soy más que una farsa, y que en realidad, incluso le haría un favor al mundo. Pero a pesar de eso, de ese pensamiento tan pesimista y suicida, soy tan egoísta que sigo teniendo miedo y lucho por permanecer despierto, porque en cuanto me duerma alguien entrará por la ventana, o por la puerta, o saldrá de las sombras en cualquier rincón, y sin miramiento alguno me quitará lo único que tengo, lo único que realmente soy capaz de controlar y es mío, mi vida. Cada segundo que permanezca despierto, es un segundo más de vida, un instante más de victoria. Dormirse significa perder la partida, y aunque el premio sea un segundo más de penosa vida, muerto no podría intentar mejorarla. Déjame vivir un poco más, y prometo hacerlo mejor.

 El tiempo parece dejar de correr, pasan minutos, horas y días en tan solo unos segundos, la lucha empieza a carecer de sentido, como un boxeador hinchado a hostias permaneciendo de pié solo por inercia. Al final inevitablemente resulto vencido, pero el ultimo estertor antes de caer rendido por el cansancio, ese ultimo suspiro, cuando mi cabeza está más en el mundo de los sueños que en la realidad, ese ultimo golpe en la mandíbula, me atraviesa el cuerpo como una lanza, deja cualquier pensamiento, ya sea bueno o malo y me otorga una paz total. Ya no importa morir, da igual no despertar jamás, da igual no haber sacado una sola sonrisa ese día, no haber escrito una sola palabra, no haber salido siquiera de casa o no ser capaz de hacer nada a derechas en toda mi vida. En ese momento no existe el pasado, el presente ni el futuro, solo existe una respuesta tremendamente egoísta que resuena por toda la habitación y dice “Ya todo da igual, es hora de descansar, déjate caer”.

 Y entonces, muero.